Medicina Natural

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Ansiedad: un caso de éxito al servicio de la psiquiatría de precisión

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La ansiedad es uno de los trastornos psiquiátricos más desgastantes que existen, porque hay quienes incluso llegan a desarrollar enfermedades que tienen su origen justamente en un trastorno de ansiedad, como podría ser una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, una diabetes o una hipertensión. Y por si eso fuera poco, la ansiedad contribuye también a prolongar el curso de esas y otras enfermedades.
El tratamiento psiquiátrico para controlarla (no para curarla) suele estar compuesto de benzodiazepinas, inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) y otros medicamentos como la buspirona, la imipramina o la trazodona.

El informe del caso que más adelante estaré relatando, fue presentado por el Dr. Jonathan Prousky en el número 2 del volumen 19 del Journal of Orthomolecular Medicine (2004), mismo que he condensado en esta publicación con el propósito de ilustrar cómo está contribuyendo la sabiduría de los referentes de la medicina ortomolecular, en la solución de los casos que estamos atendiendo en la Fundación Micromédix, con una alternativa por demás prometedora: la psiquiatría de precisión. Como veremos, el tratamiento natural propuesto por el Dr. Prousky hace posible no solo aliviar la ansiedad, sino librarse de la farmacodependencia inducida por las benzodiazepinas.

Cómo reconocer la ansiedad

Algunos de los síntomas físicos (somáticos) más comunes de la ansiedad son la dificultad para respirar, el enrojecimiento facial, la sudoración excesiva, la tensión muscular y la taquicardia.
Los síntomas emocionales típicos de la ansiedad no son independientes de las manifestaciones somáticas, y se presentan típicamente como agitación, irritabilidad, temor, sentimientos de “muerte inminente”, nerviosismo y timidez.
La mayoría de los pacientes con trastorno de ansiedad tienden a buscar ayuda en un médico general y tienen por lo regular la creencia de que algo anda mal con su salud.

Comienzan a fumar o recurren al uso de otras sustancias (café, alcohol, marihuana, etc), para “calmar” su ansiedad. Estos son los pacientes que tienen una mayor probabilidad de desarrollar enfermedades crónicas como las que mencioné anteriormente.

El caso de Prousky: hombre de 34 años con trastorno de ansiedad

Se trata de un varón de tez blanca con un historial de 20 años de ansiedad, que a los 13 años de edad era avergonzado ante sus compañeros de clase. Su maestro lo exponía para que éstos se rieran al ver cómo aparecía el rubor en su cara. Con el tiempo se desarrolló en él un temor a las reuniones sociales.
Durante su estancia en la escuela secundaria y preparatoria, manifestaba ansiedad y a veces hasta pánico en sus presentaciones o durante las conversaciones que sostenía con sus amigos y chicas de la misma edad.
En las situaciones más extremas se ruborizaba, sudaba mucho, presentaba taquicardias, se le tensaban los músculos, le ardía el estómago y sentía la necesidad de alejarse.

Estos síntomas persistieron durante toda la universidad hasta que una vez habiendo cumplido los 22 años, buscó ayuda profesional. El psicólogo que consultó le diagnosticó fobia social, trastorno de pánico y agorafobia. Durante los siguientes seis meses, el paciente se sometió a sesiones de terapia psicodinámica y cognitiva-conductual. Durante este tiempo sus síntomas mejoraron muy poco y de alguna manera convenció al psicólogo de que ya estaba bien y de que no necesitaba más sesiones.

Al llegar a los 24 años ingresó a la escuela de medicina y su ansiedad empeoró. Estaba tan molesto con su incapacidad para solo “dejarse llevar por la corriente” o “sentirse cómodo con su piel”, que buscó de nuevo ayuda psiquiátrica. Esta vez se le diagnosticó fobia social, trastorno de pánico, distimia y agorafobia. Comenzó con 50 mg diarios de Zoloft y a las 2 semanas sus síntomas mejoraron ligeramente, pero tuvo notables efectos secundarios, entre los que cabría mencionar el letargo, la apatía y la anorgasmia.

Debido a que a las cuatro semanas el Zoloft parecía estar funcionando bien, su dosis diaria se incrementó a 100 mg. El paciente recibió también 5 mg de buspirona (BuSpar) tres veces al día. A los tres meses de haber iniciado este último tratamiento sus síntomas aun no cedían. Advirtió que su miedo a las situaciones sociales empeoraba debido al rubor que seguía experimentando en tales circunstancias. También evitó las interacciones con sus profesores y compañeros, prefiriendo quedarse en casa o salir solo siempre que le era posible. Y como ni el Zoloft ni el BuSpar le estaban ayudando, los suspendió.

Entre los 25 y los 28 años estuvo investigando varias alternativas naturales para superar su ansiedad. Después de varias averiguaciones decidió tomar diariamente los siguientes nutrientes: 6-12 g de vitamina C; 800 UI de vitamina E; 50 mg de zinc; un complejo B con 100 mg de cada una de las vitaminas B; 1000 mg de calcio y 400 mg de magnesio. Y a pesar de que siguió con toda asiduidad ese tratamiento, su ansiedad no disminuyó.
Después de seis meses con esos suplementos tomó además un extracto estandarizado de Kava, dos y tres veces al día. En 2 semanas su ansiedad disminuyó notablemente y logró estar en situaciones sociales estresantes sin sonrojarse o parecer nervioso. Sin embargo, a la cuarta semana de estar usando Kava experimentó una fuerte depresión. Ésta fue tan insoportable que sintió que era necesario suspenderlo. Después de unos días la depresión desapareció. En un intento por comprobar si el problema era efectivamente el Kava, el paciente reanudó su ingesta y una vez más la ansiedad mejoró significativamente pero su depresión volvió, por lo que nuevamente lo interrumpió.

Al llegar a los 28 años, este paciente ya también había probado la hierba de San Juan, el extracto de glándulas suprarrenales, la medicina homeopática, el ácido gamma-aminobutírico (GABA), el inositol y la L-taurina. No obstante, ninguno de estos suplementos funcionó.
Al final de sus 28 años recayó. A pesar de que no notó ninguna reducción en su ansiedad, continuó tomando 6-12 g de vitamina C, 800 UI de vitamina E, 50 mg de zinc, un complejo B con 100 mg de cada una de las vitaminas del grupo, 1000 mg de calcio y 400 mg de magnesio.

Durante su residencia médica evitó atender a sus pacientes asignados, ya que su condición interfería significativamente con su desempeño. Debido a la urgencia que representaba su estado, buscó nuevamente ayuda médica consiguiendo que se le prescribieran 0.5 mg de Ativan (lorazepam) dos veces al día. Al desaparecer en dos días todos sus síntomas se sintió normal por primera vez en su vida. Al desempeñarse bien y actuar con confianza, pudo completar el programa de residencia.
De los 29 a los 33 años el paciente continuó con esta benzodiazepina; pero en un momento dado su médico se lo cambió a Klonopin (clonazepam, 0.5 mg dos veces al día), pues alguien le dijo que este último daba mejores resultados a largo plazo. Habiendo llegado a este punto, no tenía más síntomas de ansiedad pero consideró que las benzodiazepinas no constituían una verdadera solución, porque de acuerdo con su psiquiatra, tendría que tomarlas de por vida.
A los 32 años dejó el Klonopin por un mes. Durante la primera semana experimentó insomnio y durante el día episodios recurrentes de pánico y ansiedad. Casi 2 semanas después el insomnio cesó; pero su ansiedad volvió al estado anterior. Como se sentía muy débil, retomó el Klonopin y una vez más se sintió completamente aliviado.

Cuando cumplió los 33, realizó una búsqueda bibliográfica sobre la ansiedad y encontró información muy prometedora sobre la niacinamida. Informó a su psiquiatra de su plan para abandonar el Klonopin y tomar niacinamida. El psiquiatra lo apoyó; pero quería que el paciente lo contactara si experimentaba síntomas de abstinencia, tales como ansiedad, insomnio e irritabilidad. Durante la primera semana de reducción del klonopin, el paciente tomó solo 0.5 mg de éste junto con 500 mg de niacinamida, 500 mg de niacinamida en el almuerzo y 1000 mg a la hora de acostarse, sin experimentar ansiedad o insomnio recurrentes durante esta primera etapa.

En la segunda semana suspendió el Klonopin y tomó 1000 mg de niacinamida por la mañana, 500 mg a la hora del almuerzo y 1000 mg a la hora de acostarse. Con esas dosis el paciente se sintió muy bien y no pudo distinguir entre tomar Klonopin o niacinamida. Fue así como a partir del 1 de agosto de 2002 pudo librarse completamente de las benzodiazepinas. El psiquiatra quedó tan impresionado con el resultado que se dio cuenta de que realmente era posible que un paciente pudiera dejar de tomar benzodiazepinas para no tener que depender de ellas indefinidamente.
Desde el 7 de noviembre de 2003 este hombre pudo desempeñarse satisfactoriamente como médico sin ningún problema, y continúa sintiéndose muy bien; ya no siente que la ansiedad sea un problema y ​​cree que la niacinamida es igual de efectiva y más segura en el largo plazo que las benzodiazepinas.

Lo que podemos aprender de este referente de la medicina ortomolecular

Lo que Prousky quizo poner de manifiesto en su informe, es que 2500 mg diarios de niacinamida bastan para que un paciente con las características descritas se libere de su ansiedad. De acuerdo con su reporte, todo indica que la niacinamida posee propiedades terapéuticas parecidas a las de las benzodiazepinas, y que es posible que sus efectos modulen las cantidades de neurotransmisores que suelen estar desbalanceadas en las áreas del cerebro que se asocian a la ansiedad.

La niacinamida, apunta Prousky (izquierda), reduce la ansiedad debido a que libera más serotonina por medio de la producción de triptófano y/o a la corrección de la dependencia de la vitamina B3. También advierte que usar niacinamida durante largos períodos de tiempo parece ser seguro, y que solo hay que ir con cuidado con las megadosis, debido a que pueden causar sedación, náuseas y vómito.
El informe refleja una franca preocupación del autor por las causas de varios hechos, como por qué alguien desarrollaría dependencia de la vitamina B3, de si esa dependencia tendría algo que ver con el papel de la niacinamida en la producción de serotonina y/o con su capacidad para emular a las benzodiazepinas. Desde la perspectiva de la psiquiatría de precisión sin embargo, no importa tanto averiguar a qué se debió la curación del paciente, sino tomar nota de con qué se alivió y de cuántos miligramos usó para conseguirlo.

Aunque desde la óptica de la etiología esto podría parecer un tanto cuanto simplista, en realidad no lo es, porque desde el punto de vista de la psiquiatría de precisión, tienen que cumplirse varias condiciones para conseguir los mismos resultados en otros pacientes. Lo que quiero decir es que para que otro paciente que ha estado tomando clonazepam u otra benzodiazepina se alivie con 2,500 mg de niacinamida, tiene que presentar síntomas muy parecidos a los del paciente en cuestión, es decir: sudoración excesiva, cansancio, taquicardias, rigidez muscular, ardor en el estómago, retraimiento social, pánico, fobias, depresión, insomnio y por supuesto ansiedad. Y entre mayor sea el número de casos que se puedan comparar con el del paciente a tratar, más preciso será el tratamiento a recomendar.

Conclusión

Si usted está presentando síntomas muy parecidos a los del paciente objeto de este caso de estudio, tiene 34 años, es varón y fue diagnosticado con trastorno de ansiedad, puede ser que con 2,500 mg de niacinamida consiga librarse de las benzodiazepinas. Ahora que si su cuadro clínico no se parece mucho al que aquí he pormenorizado, lo mejor que le puedo recomendar es combinar las técnicas de la inteligencia artificial con las de la medicina ortomolecular y la fitoterapia. Pero no se preocupe, nosotros ya implementamos eso con una tecnología que se conoce como psiquiatría de precisión. Es esta metodología la que estaríamos usando para confeccionar la receta que necesita usted para decirle adiós a su psiquiatra, a su farmacodependencia y a los nefastos efectos secundarios de las benzodiazepinas.

“Las causas están ocultas. Los efectos son visibles para todos”… Ovidio
© Sergio López González. Fundación MicroMédix. 8 de noviembre de 2018


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Autor: micromedix

Sergio López González. Ing. en Informática Biomédica

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