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El poder curativo de las creencias y el coraje de vivir

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CorajeMás allá de lo que puede lograr el efecto placebo, está la voluntad de vivir o el coraje que uno puede sacar para retar a la adversidad. La autocuración no es para los débiles de corazón. Se requiere de una voluntad férrea para no amilanarse ante la amenaza de un virus, una bacteria, las consecuencias de un accidente o cualquier otra circunstancia que haya deteriorado el sistema inmune de un individuo que tiene todo el potencial para curarse con un tratamiento natural y un consejero de salud que le ayude a liberarse de sus creencias limitantes.

Por adversas que puedan parecer las circunstancias, el afectado todavía dispone de su libre albedrío para no permitirle al infortunio activar su respuesta al estrés, que es un mecanismo que se pone en marcha cuando un ser viviente se ve amenazado por una situación de peligro para la cual su instinto le dicta que no le queda más remedio que luchar, o acobardarse y huir [1].

¿Quién manda aquí, mi mente…mi cuerpo? 

dolorYa en nuestra sección dedicada al Coaching de Salud, comenté cómo el armarse de valor puede influir en el éxito de un tratamiento,  y cómo es que una actitud positiva, entusiasta y llena de esperanza puede cambiar la biología de las células de nuestro cuerpo [2]. Con toda seguridad, quien esté pasando por un mal momento, afectado quizás de un cáncer o cualquier otra enfermedad degenerativa o “terminal”, argumentará que el que no está experimentando en carne propia lo que él está sufriendo, no tiene ni la más remota idea de qué procede en tales circunstancias, ya que una cosa es decir que se debe adoptar una actitud positiva ante la enfermedad y otra muy diferente es conseguir que así sea. No es fácil actuar con entusiasmo y mucho menos bromear cuando un dolor se ha apoderado de nuestra mente con tal fuerza, que parece imposible extraer coraje del agotamiento.

A diferencia de lo que va a encontrar en los llamados libros de autoayuda, cuyos autores se afanan en convencerlo de que basta con desear fervientemente que la prosperidad llegue a su vida para que ésta haga su triunfal aparición, obedeciendo a una supuesta “ley de la atracción” y como si de la mismísima ley de la gravitación universal de Newton se tratara, lo que yo quiero proponerle aquí es que en esos momentos de lucidez que llegue a tener en el transcurso de su enfermedad, se pregunte si eso que está minando su salud, el dolor por ejemplo, puede realmente apoderarse de su mente. A veces sobrestimamos la fuerza de nuestro oponente al mismo tiempo que subestimamos nuestra capacidad para combatirlo. Pero antes de citar algunos casos de autocuración que le confirmarán que los seres humanos somos algo más que mente y material orgánico, permítame contarle cómo fue que superé una crisis de salud cuando me encontraba afectado de una prostatitis crónica que estaba literalmente arruinando mi vida.

¿Puede una próstata inflamada vencer a una mente decidida?

text miningDespués de haber consultado cuatro o cinco prestigiados urólogos y de no haber conseguido un solo resultado satisfactorio, a los tres años de estar soportando los malestares de una prostatitis iatrogénica (causada por una negligencia médica), me propuse ver todo el asunto como una oportunidad para crecer como persona. Se imponía averiguar de qué podía yo ser capaz y hasta dónde podía llegar, haciéndome cargo de mi propia salud, más allá del interés que me pudiera prestar alguien que aún siendo un experto en urología, no podría descubrir mejor que yo, lo que intuía podía estar escondido en la literatura biomédica.

Habida cuenta de que eso representaría para mí un reto tanto profesional como personal, me propuse encontrar una cura para mi enfermedad, apoyándome en una rama de las tecnologías de la información conocida como informática biomédica, cuya utilidad radica precisamente en descubrir ese conocimiento que puede estar oculto en las grandes bases de datos médicas.

Big DataNo estoy insinuando que deba usted convertirse en un experto en Big Data, sino que analice cuáles son sus opciones, en función de los recursos con los que cuenta. Así como yo estaba convencido de que podía encontrar un remedio para mi prostatitis crónica, haciendo uso de mis conocimientos, de una modesta laptop y una conexión a Internet, usted podría ver todo eso que le está pasando como una oportunidad de crecimiento personal.
Big dataPodría comenzar a explorar las posibilidades de un tratamiento que una vez habiendo conocido todo su potencial, pueda cumplir con sus expectativas, responda a sus intereses y esté en concordancia con sus capacidades y los recursos con los que cuenta. Investigue, estudie e involúcrese con los detalles de su enfermedad. Compare, confirme, cuestione todo y a todos, y en especial ponga en duda lo que el médico tenga que decir si su opinión está basada en la cerrazón y el pesimismo, y navegue, navegue, y vuelva a explorar la Internet, hasta que encuentre algo que tenga sentido para usted.

Norman Cousins y su voluntad de vivir

CousinsHay muchos otros casos de autocuración que dan fe del poder que pueden tener nuestras convicciones cuando la medicina tradicional no va más allá de un simple “lo siento; pero su enfermedad no tiene cura”, tal y como ocurrió en el extraordinario caso de Norman Cousins (derecha), cuyos hallazgos sentaron las bases de lo que hoy en día se conoce como psiconeuroinmunología, cuando después de haber sido diagnosticado con una espondolitis anquilosante, pudo vencerla con dosis correctas de vitamina C y megadosis de películas cómicas. Y no estoy bromeando para que usted comience a liberar endorfinas.
Las propiedades terapéuticas de las creencias potenciadoras, el efecto placebo y el buen humor no eran del todo nuevas en la década de los sesentas; pero fue Norman Cousins quien comenzó a inquietar a la comunidad médica con sus “Principios de Autocuración: la biología de la esperanza”[3] y su “Anatomía de una Enfermedad o la Voluntad de Vivir” [4].

Con un excepcional coraje para enfrentar una enfermedad degenerativa en la que el colágeno juega un papel protagónico, Cousins, redactor jefe del Saturday Review, solicitó la colaboración de su médico de confianza y amigo de toda la vida, el Dr. William Hitzig, para que vigilara el progreso de su enfermedad y la administración de vitamina C por vía intravenosa. De acuerdo con las investigaciones que él mismo había llevado a cabo con la ayuda de su esposa Eleanor y a pesar de que Hitzig no comulgaba mucho con sus creencias, Cousins estaba convencido de que las propiedades antioxidantes de esa vitamina podían regenerar el colágeno que sus articulaciones necesitaban para recuperar su movimiento. En “Anatomía de una enfermedad”, escribió: “durante el momento de mayor gravedad de mi enfermedad, estaba absolutamente convencido de que las dosis intravenosas de ácido ascórbico me serían de utilidad… y lo fueron”. Las negritas y la cursiva son mías.

médicoDesde su ingreso al hospital, estuvo postrado en cama, sin poder dormir lo suficiente y soportando los efectos secundarios de los analgésicos; hasta que un día, un supervisor le llamó la atención a Hitzig por estar permitiendo que Cousins estuviera viendo películas cómicas en su cuarto, molestando con sus risotadas a los enfermos que intentaban descansar en las habitaciones aledañas. Una vez más, Cousins vio ese hecho no como una contrariedad, sino como una oportunidad más para perfeccionar su terapia de risas y vitamina C.

Pensó en trasladarse a un hotel, pues eso lo mantendría alejado de las enfermeras que frecuentemente interrumpían su sueño para extraer una muestra de sangre, tomarle la presión y registrar su temperatura. Él le decía a Hitzig que el sueño profundo (y con mucha razón) era un factor más que podía ayudarle en su recuperación; pero paradójicamente, los médicos hacían caso omiso de sus peticiones y seguían despertándolo a cada rato para monitorear sus signos vitales. Si alguna vez ha estado usted internado en un hospital, sabe a lo que me refiero.

Convencido de que estaría mejor en un hotel, se mudó a uno que costaba un tercio de lo que pagaba en el hospital y continuó con su plan original hasta que se dio cuenta de que al fin estaba mejorando. Durante su estancia en este nuevo entorno, en una ocasión se sintió tan bien que le jugó una broma a una enfermera que acudió a su habitación para realizar una de sus diligencias:

muestra– ¿Cómo estamos el día de hoy?… ¿necesitamos darnos un baño? Sr. Cousins, el Dr. Hitzig me ha pedido que le lleve una muestra de su orina. ¿Me haría usted el favor de colocarla en este recipiente?
– Por supuesto que sí, con mucho gusto, -le contestó Cousins al tiempo que asía el vasito que debía casi llenar con lo que aquella amable mujer le había indicado.
Cuando este singular paciente se volvió para sentarse y hacer lo que tenía que hacer, observó que al lado de su cama, sobre la mesita de noche, yacía un frasco con jugo de manzana…
La enfermera en turno solía hablar en la primera persona del plural, que era algo que a Cousins le fastidiaba, por lo que con una sonrisa de oreja a oreja, tomó el frasco y vació un poco de jugo en el recolector de muestras.

– ¡Listo! -espetó Cousins a la que le había dejado solo durante unos instantes mientras hacía su travesura.
Cuando la enfermera hizo acto de presencia y vio el contenido del frasco, inquirió en su acostumbrado tiempo de conjugación:
– ¿Estamos algo turbios hoy… no es cierto?
– ¿De veras? A ver… -le dijo Cousins a la que él llamaba “Nosotros” mientras estiraba el brazo para de nuevo tomar “la muestra” con los dedos.
– Así es, creo que lo mejor sería pasarlo de nuevo por el sistema -prosiguió Cousins poco antes de asomarse al interior del frasco y beber su contenido como si de un tequila se tratara.
Sobra decir que la cara que puso “Nosotros” bastó para arrancar a su paciente unas cuantas carcajadas.

pronósticoCuando le preguntaron cuál había sido su primera impresión al enterarse de que su enfermedad era incurable, Cousins explicó que tenía que ir asimilando el problema paso a paso. Primero, no acatar el veredicto; segundo, no dejarse atrapar por el miedo, la depresión y el pánico; tercero, darle la seriedad y la importancia debidas a su problema; y cuarto, no ceder ante la idea de que tenía una buena oportunidad de curarse y de que le motivaba el hecho de desmentir el pronóstico pesimista de un especialista que había sentenciado que las probabilidades de recuperación eran de 1/500.

HitzigCuando Cousins se sintió mejor, buscó a Hitzig para comentarle lo mucho que le había ayudado la vitamina C, y fue entonces cuando el galeno le confesó que él no recomendaría a nadie esa terapia, porque carecía de bases científicas. Contrariado por su declaración, Cousins lo inquirió para averiguar porqué entonces lo había ayudado durante todo ese tiempo si jamás había creído en la terapia de la vitamina C, a lo que Hitzig respondió que lo que importaba era que él, que era el paciente, sí había creído en ella. Probablemente Hitzig sabía que el apoyar cualquier tratamiento que no estuviera avalado por el sistema de salud convencional, ponía en peligro su licencia.

Un hecho que merece una mención especial, es un informe que leyó el propio Cousins en donde se citaba un estudio realizado por un doctor de nombre Thomas C. Chalmers, del Mount Sinai Medical Center de Nueva York, que comparaba dos grupos que se empleaban para confirmar qué tan cierta era la hipótesis de que la vitamina C evita los resfriados: el resultado del estudio reveló que el grupo que tomaba el placebo creyendo que era vitamina C tuvo menos resfriados que el grupo que tomaba ese mismo suplemento pensando que era un placebo.

Epigenética, biología de la creencia y entorno

epigenética¿Qué conclusiones podemos extraer del ensayo del Dr. Chalmers?.
Llegados a este punto, conviene también buscar respuestas a las siguientes interrogantes:
¿Por qué un tratamiento les funciona a algunas personas y a otras no?
¿Cómo es que una sustancia puede ser muy buena para una persona que presenta un cuadro muy agudo y para otra que padece de lo mismo pero con una sitomatología más benigna, no funciona para nada?
¿Por qué varias personas pueden responder muy diferente a un mismo medicamento?
¿Por qué hay personas que mueren a causa de una enfermedad no tan seria, mientras que otros que padecen una enfermedad muy severa, viven muchos años?
¿Habrá algo que controle el organismo o que determine su predisposición a cierta enfermedad o su respuesta a un determinado tratamiento?

Ese algo existe y tiene un nombre. Se llama epigenética.

Jerome Frank [5] llevó a cabo estudios que dan respuesta a esas interrogantes, en el sentido de que en un gran número de casos, se verificó que el tratamiento en sí no es lo que determina de manera contundente la curación de un paciente, sino lo que él cree respecto al mismo, empleando más o menos el mismo criterio que usó Chalmers en su estudio sobre las propiedades antigripales de la vitamina C.

Pcélulasor su parte, Bruce Lipton [2], Bernie Siegel [6] y Gregg Braden [8], han documentado casos que ratifican la repercusión que tienen sobre la salud, las creencias, el amor [6], la esperanza, la fe, las tradiciones, el humor, y en general, el entorno que rodea a un enfermo. Lipton demostró que las células madre, específicamente las pluripotentes, sufrían cambios que dependían del entorno al que estaban sometidas, a pesar de que que todas ellas poseían el mismo ADN. Después de colocar el mismo tipo de células madre en tres placas Petri, las expuso a medios de cultivo diferentes y descubrió que las células de una placa se convertían en miocitos (células musculares), cuando eran expuestas a un entorno A; mutaban a adipocitos (células de tejido graso), en un entorno B; y se volvían osteocitos (células de tejido óseo), bajo la influencia de un entorno C. Es así como hoy sabemos que los genes se expresan (activan) de manera diferente en personas diferentes, lo que significa que es posible controlar, a través del entorno, la manera y el momento en que se expresarán.

El papel del entorno en la expresión de nuestros genes

entornoY hablando ya no tanto de células madre, sino de organismos más complejos como los seres humanos, ¿Cuál es ese entorno que puede regular la expresión de nuestros genes? La nutrición, la polución, el nivel de estrés, la ansiedad, la tranquilidad, el entretenimiento, las guerras, el hambre, el ejercicio, los hábitos alimenticios, el realizar o no el trabajo que nos agrada y en general, todo aquello que repercute en la manera en que entendemos nuestra realidad, son parte del entorno que determina de qué nos enfermamos y porqué. Norman Cousins dedujo que sus glándulas suprarrenales estaban deteriorándose a causa de un envenenamiento con metales pesados que smedio ambienteufrió durante su viaje a Moscú, previo a la aparición de sus síntomas. Supongo que mi prostatitis se debió a una sonda que un médico incompetente introdujo torpemente en mi uretra. El padecimiento que lo aqueja a usted también tiene su causa; pero independientemente de cuál haya sido ésta, usted también tiene la capacidad de controlar la biología de sus células, mediante el uso adecuado de sus recursos mentales y espirituales. ¿O acaso Norman Cousins y yo tenemos algo que usted no tenga como para que no pueda derrotar a su enfermedad? Claro que no.

Hay personas que después de haber estado en combate, pudieron continuar su vida sin ningún problema, como también hubo otras que no pudieron superar los traumas psicológicos que toda guerra trae consigo. Análogamente, puede haber personas con predisposición a una determinada enfermedad; pero que aún así, con un entorno apropiado, libre de pensamientos negativos, exento de creencias limitantes y enriquecido con buenos hábitos, son capaces de inhibir la expresión del (o los) gen(es) asociado(s) a su padecimiento.

Greg Thomas y su fe en Dios

GregTal fue el caso de Greg Thomas, un hombre que a sus 56 años había estado soportando intensos dolores de cabeza, oídos y mandíbula, a causa de unos tumores cancerígenos que habían invadido parte de su cabeza y otro tanto de su cuello, con un pronóstico médico desalentador: su familia ya podía ir preparando su sepelio pues su mal estaba muy avanzado. Un día, mientras se encomendaba a Dios, sentado en las escaleras de una iglesia cercana a los lugares por donde solía pasear acompañado de sus perros, se percató de que el templo estaba prácticamente en ruinas, y dirigiéndose a Dios, rezó: “Señor, antes de abandonar este mundo, quisiera hacer algo por ti”.

Al día siguiente acudió al patronato de la iglesia a solicitar permiso para remodelar el templo y cumplir su promesa. Una vez que obtuvo la llave de la iglesia para poder llevar a cabo su misión, empezó a trabajar con tal convicción en su emprendimiento, que conforme pasaron los días, los tumores comenzaron a encogerse y los dolores a disminuir a tal grado que su oncóloga no lo podía creer. Después de cuatro años de haber comenzado la restauración de la iglesia, Greg ya no tenía los tumores y el cáncer había remitido, el templo recobró su esplendor original y a él le quedó la sensación de que Dios le había ayudado a restablecer su salud, por haber restablecido Su templo ([7], págs. 38-40). Que mejor ejemplo de todo lo que puede hacer la fe enclavada en un corazón valiente.

Los artesanos que burlaron a la muerte

creenciasEn su edición de diciembre de 1940, la revista Reader’s Digest publicó la historia de una comunidad rural cercana al poblado de Ellensburg, en el estado de Washington, en la que Alfred Prowitt, redactor del Daily News de Chicago, relataba cómo quince deshauciados se habían unido a un grupo que se autodenominaba “Los Burladores de la Muerte”, y cómo habían logrado sobrevivir más años de los que sus respectivos médicos les habían vaticinado, ayudándose unos a otros y realizando un trabajo que los motivaba a seguir luchando contra su enfermedad. El fundador y líder del grupo, Guyer D. Thomas, había tenido la iniciativa de empezar a fabricar unas crucecitas fosforescentes sobre retazos de fieltro azul, que en un principio habían sido concebidas para recordar a los niños de la comunidad, que no debían irse a la cama sin antes haber dicho sus oraciones.

A pesar de que ninguno de ellos pertenecía a una secta religiosa, los más desconsolados pronto recurrieron a esos pequeños crucifijos para aliviar sus dolencias y sentirse más reconfortados, convencidos de que la oración fortalecía su voluntad de vivir y les ayudaba a soportar el dolor. Puesto que la subsistencia no era fácil en esos lares, Thomas se dio cuenta del potencial que tenían las crucecitas para consolar a más personas, y se le ocurrió que podían venderlas a los vecinos del Sr. y la Sra. Green, cofundadores de los “Burladores de la Muerte” y  propietarios de la granja que hasta ese entonces había servido de morada a los miembros del grupo, que en opinión de Thomas, estaba desafiando los designios de la muerte.

trabajandoAsí las cosas, y con la ayuda de un banquero de Ellensburg, un predicador que tenía a su cargo una emisora de radio, un famoso caricaturista y otros personajes que habían simpatizado con la iniciativa de Thomas y los Green, el grupo llegó a vender hasta más de medio millón de crucecitas, en un ambiente en el que el trabajo se convirtió en una actividad productiva, entretenida y en el que todos sus miembros disfrutaban con lo que hacían, al grado de que, según Prowitt, era muy raro que transcurriera más de un cuarto de hora sin que estallara una carcajada general. Paradójicamente, el buen humor parecía ser una constante para aquellos cuerpos dolientes de corazón valiente.

Cuando el Dr. Irving S. Cutter, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad del Noroeste, en Evanston, Illinois, se enteró del proyecto, comentó:
“Cada vez que el médico le pronostica a un enfermo que ha de morir pronto, sabe bien que […] Si el paciente reacciona desfavorablemente, la congoja que se apodera de él trastorna aún más sus funciones fisiológicas y le acorta la vida. Los Burladores de la Muerte han hallado y practican una filosofía que contribuye a alargarles la vida […] Al empeñarse en hacer útiles sus últimos días de vida, al consolarse unos a otros en su tribulación y tener un motivo para servir a fines piadosos, practican el medio más eficaz de prolongar su existencia. Muchos pacientes que yacen en hospitales y asilos aguardando su última hora, inmovilizados más por la certidumbre de una muerte próxima que por la enfermedad, podrían levantarse y vivir plácidamente años enteros todavía, si se despertara y estimulara en ellos la voluntad de vivir”. ([7], pág. 15)

Lvidaas versiones completas de las historias que aquí he citado, así como muchas otras que lo inspirarán a lo largo de esta “travesía” que está usted por comenzar, las podrá encontrar en la bibliografía que proporciono al final de estas líneas. Si a pesar de todo lo comentado y la lectura de dichas fuentes, usted no logra encontrar una filosofía como la que propició que ese grupo de deshauciados pudiera burlar a la muerte, no se desanime, nosotros le podemos ayudar a encontrar una terapia acorde con sus creencias, que como vimos, es lo que más contribuye a que su sistema inmune responda bien.

“Ruego que tengan coraje; el alma valiente puede reparar incluso el desastre” … Catalina la Grande.
© Sergio López González. Fundación MicroMédix. 29 de diciembre de 2015


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REFERENCIAS

[1]  La Mente Como Medicina: Un nuevo paradigma de salud, medicina y curación. Rankin Lissa. Urano.
[2] La Biología de la Creencia. La liberación del poder de la conciencia, la materia y los milagros. Bruce H. Lipton. Palmyra
[3] Principios de Autocuración: la biología de la esperanza. Norman Cousins. Urano
[4] Anatomía de una Enfermedad o la Voluntad de Vivir. Norman Cousins. Kairós
[5] Salud y Persuasión. Jerome D. Frank. Troquel
[6] Amor, Medicina Milagrosa. Bernie S. Siegel. S.L.U ESPASA
[7] Selecciones del Reader’s Digest. Diciembre de 2015.
[8] La Curación Espontánea de las Creencias. Gregg Braden. Editorial Sirio, S.A.
[9] Cáncer: más allá de la enfermedad. Emma Barthe. Ediciones Obelisco

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Autor: micromedix

Sergio López González. Ing. en Informática Biomédica

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